No es cuestión de fe sino una fuerte convicción lo que mueve a la protagonista de esta historia, que sumados sus componentes derivan en una obra de arte cinematográfica. Una revolución tomada con las propias manos, el ambientalismo y el feminismo en una versión sincera y decisiva, el humor negro nórdico, los paisajes islandeses, la ruralidad impuesta sobre la urbe agitada, y la música como figura preponderante, conjugan un placer sensorial inobjetable.
La mujer de la montaña es heroína discordante, sin capa y con superpoderes, que emprende una aventura llena de pruebas y decisiones, en un proceso de individuación y autoconocimiento, y con una satisfactoria justicia que contagia. Su causa la fundamenta con evidencias racionales y su batalla trasciende el bien común de tal forma que la empoderan a perseguir sus sueños personales.
Lo más justo es reconocer la exquisitez narrativa, que más allá del ritmo y la solidez, procura a su vez divertir con la complicidad de personajes que observan la aventura de esta cincuentona, y que le inyectan una dosis de un surrealismo muy mágico.
Véanla, al ritmo de cada quien.

