Ema es una película que se resguarda con ingenio en los atributos de la danza y el fuego, que por muchos siglos han acompañado a las civilizaciones en su exploración, transformación y reconocimiento, para sostener un relato de modernidad.
El cuerpo aquí es el manifestación expresiva, es la comunicación, el autoconocimiento y la catarsis. De la mano, la libertad. Libertad propia de los hijos de la Chile post-dictadura. El fuego es el catalizador de la culpa, el resurgimiento, la vehemencia y el furor. Ema, al igual que el fuego, deja marcas imborrables a su paso. Ella es centro de luz y energía, y a su alrededor girarán todos los sucesos y personajes, todos tocados por su fuerza.
Descifrar la complejidad de Ema como protagonista es tarea desgastante. En ella hay una afán de amor que se confunde entre la fogosidad y la juventud. Ese amor manifiesto viene asociado a un deseo de recuperar lo perdido. Es excentricidad y rareza. Curiosamente encanta a todos, aunque siempre con incertidrumbre. Los excesos parecen desbordar la razón, pero con finura se suman a un caprichoso destino ideado por ella.
Pablo Larraín regresa con fuerza para demostrar su talento con solidez narrativa, valor estético, encanto visual y sonoro, y un acertado engranaje de guion. Y sobre todo por contarnos una historia de empoderamiento femenino, de mujeres y madres, en manos de un hombre. Sin duda un proyecto asumen riesgos. Véanla, el ritmo de cada quien.

