El encanto del cine también está en encontrar un balance y una armonía entre la historia que se cuenta y la narrativa que se elige para relatar. Esta película está filmada con refinamiento y sutileza para crea un equilibrio perfecto entre las acciones y la cadencia. Y la historia se acerca a esa armonía con un triángulo perfecto compuesto por tres personajes complementarios, necesarios para el universo de la historia y cautivadores en su esencia.
Como con la paciencia de un buen panadero artesano, se va amasando un relato delicado y robusto, como un delicioso batbout marroquí. La cocina resulta ser el escenario más íntimo y donde mejor saben purgar las amarguras unas mujeres sensibles que guardan sus agobios, temores y pesares, bajo un contexto conocido del mundo árabe con sus condicionamientos y sus limitantes para las mujeres. Y en medio, una pequeña, como contrapeso que permite que todo suceda gracias a su dulzura y candor.
El encuentro de estas mujeres guarda intimidad y catarsis, es introspección, liberación y reflexión. Entre la harina y el horno, la rutina y los horarios, el abrir y cerrar puertas, se cruzan unos mundos femeninos complejos y encantadores. Cómo en tanta sencillez se logra ese grado de complejidad. La película fascina con su simplicidad, cercanía y contundencia. Es un lujo para el mundo del cine poder contar con nuevos directores que materialicen tantos discursos sensatos desde diferentes latitudes. El mundo árabe representándose y narrándose con pulcritud y empatía.

