Pintoresca resulta esta travesía por una región bastante humilde de Irak. Las barcas, las casas sobre el agua en los pantanos del Tigris y una decisión vintage de la imagen engalanan una historia sencilla que, situada desde la mirada de los niños, sostiene su fuerza desde la ingenuidad. Tiene cierto grado de fábula, por la forma en que sucede, como si ese mundo de pantanos y cañizales tuviera sus propias reglas y su propio tiempo.
El colegio funciona como régimen ideológico: el lugar donde el miedo se instala sin que nadie lo nombre, donde un sorteo puede cambiar el rumbo de una vida. La ciudad es la selva de cemento, el capitalismo agreste, la batalla por sobrevivir en cada esquina. La guerra está de fondo, normalizada, y aunque el drama no recae sobre ella, es el pretexto para volcar la mirada sobre una cruel realidad de los años noventa: un país que carga con el estigma y la sombra de un líder que gobernaba a través del miedo.
La ingenuidad de Lamia está vestida bajo el nombre del miedo infundido, un miedo que llegó antes que cualquier explicación y que se convirtió en el motor principal de sus motivaciones. Todo por cumplir un simple mandato fruto de la suerte. Harina, huevos, azúcar: los ingredientes de una tarta que terminan siendo el peso de todo un régimen sobre los hombros de una sola niña. En esa desproporción, tan pequeña y tan enorme a la vez, está el corazón de la película.

