Todo empieza en una tienda de ropa deportiva, en esa mercancía pensada para salir a caminar, a escalar, a moverse por el mundo, vendida por una mujer que cumple jornadas largas y carga el cansancio encima. La película entrega ahí, en pocos minutos, el retrato completo de su protagonista: alguien que despacha la promesa de la vida al aire libre desde adentro de una rutina que la tiene amarrada. Esa promesa queda flotando cuando un episodio desafortunado, calculado con anticipación por manos ajenas, la deja despertando en una casa que no conoce, entre gente que le explica quién es. Lo que le quitan esa noche tiene un nombre grande, aunque la película ya se encargó de mostrar cuánto de eso era suyo cuando todavía atendía el mostrador.
El cine ya nos ha contado esta historia muchas veces y en muchas culturas: la represión doméstica, el maltrato psicológico, el hombre que reparte los papeles y decide quién es cada quien. Cuando la historia se reconoce, lo interesante siempre será la forma, y ahí es donde esta cinta húngara se pone seria. El apartamento tiene vida propia y mucho carácter, con su comedor donde cada puesto en la mesa dice algo y sus habitaciones detenidas en una época que alguien decidió que no terminara nunca, y la cámara lo recorre como se recorre una casa donde uno lleva años viviendo. Lo demás lo hace la acumulación de rutina, las comidas servidas, los gestos repetidos, un orden que se cumple sin que nadie tenga que explicarlo. Lo que va cediendo ahí adentro son las cabezas, poco a poco y sin estruendo, y esa transformación lenta es la que retiene, hasta que uno se acomoda junto a esa familia inventada sin darse cuenta de a qué hora entró.
Resulta una propuesta sólida, con carácter y mucha complicidad, sostenida por unas actuaciones creíbles y potentes y por un manejo del género que sabe exactamente dónde apretar. El suspenso hace lo suyo: encierra al espectador, le secuestra la atención y lo obliga a dudar todo el tiempo de lo que está viendo y de quién dice la verdad. Y lo que va quedando debajo de esa tensión es la materia verdadera de la película, unas mentes permisivas que se dejan convencer, transgredir y cambiar, que aceptan un lugar en la mesa porque afuera tampoco había mucho esperándolas. Por eso la idea de libertad termina siendo la pregunta más incómoda de todas, y por eso esta cinta húngara se queda dando vueltas después: el encierro que de verdad importa aquí es el de la cabeza, y ese no depende de ninguna puerta.

