Con el pulso del thriller todavía en las manos, este cineasta se instala en el drama familiar y conserva la tensión como motor. Todo arranca en la mesa de un restaurante, donde un padre y una hija se reencuentran después de años de ausencia. La cita tiene un propósito: ofrecerle el papel protagonista de su nueva película. Desde ahí él habla como padre y enseguida como director, y ese vaivén entre dos voces complica una relación que llegaba en pedazos. Las palabras intentan pagar una deuda de años; sostenerse la mirada cuesta más que cualquier promesa.
La cámara se pega a los rostros y los vuelve terreno de disputa. En primer plano el oficio de actuar se agrieta: ella defiende su papel de actriz profesional, y los ojos dejan escapar a la hija herida. Las conversaciones cambian de tono sin aviso; una frase amable termina en reclamo, y un halago de padre suena de pronto a instrucción de director. El rodaje amplifica esa tensión. En un desierto que recrea el Sáhara colonial, todo un equipo trabaja pendiente del humor de un solo hombre, y ella queda en el centro de ese temporal como actriz y como hija. Las escenas que filman empiezan a parecerse a las heridas que arrastran, y los pasajes en blanco y negro traen de vuelta un pasado que ninguno logra dejar atrás. Él se esfuerza, promete, pide perdón con palabras dulces; todo gesto se queda corto frente a lo que ella guarda en la memoria.
El paso al drama le sienta bien a quien viene del suspenso: guarda el pulso de sus thrillers y lo pone al servicio de dos personas sentadas frente a frente. Los actores cargan la historia en un duelo sin tregua; él arma a un hombre que seduce y asusta a la vez, y ella contesta con una firmeza que pesa más que cualquier grito. El juego de formatos a veces estorba y deja ver el truco, algo fácil de perdonar cuando la película toca lo más íntimo. Es su trabajo más maduro: entiende que reconciliarse exige cortes y repeticiones, igual que un rodaje, y que la toma buena puede llegar tarde para los dos.

