Contar una historia de deseo y ternura entre dos hombres desde la cabina de un tráiler, en las carreteras del norte de México, exige valentía. Ese mundo de gorras, cerveza y motores que rugen de madrugada se sostiene sobre un código de hombría que el país entero aprendió de memoria, y la región carga además con una violencia que desborda cualquier medida. La película se instala en ese territorio con plena conciencia del riesgo y lo asume desde el primer plano: un cuerpo arrodillado en el polvo del desierto, empapado en gasolina, a la espera de un fósforo. A partir de esa imagen se abre otra cara del transporte de carga, áspera y descubierta bajo el sol, llena de sombras cuando cae la noche y se encienden los neones de cantinas y paraderos. La carretera funciona como lugar de trabajo y también como refugio para quienes huyen, venden o se venden; un circuito masculino unido por el oficio, con reglas propias y poca paciencia para lo distinto.
Veneno llega con poco equipaje: unas bolsitas de cocaína para vender, el cuerpo como moneda y un pasado que lo alcanza en recuerdos cortos y confusos que le llegan de golpe. Muñeco habla poco, está casado, tiene hijos que casi nunca ve y una oración de trailero que le pide recitar a su pasajero. Al principio los une un trato. Con los kilómetros van saliendo los huecos: falta de compañía, de cariño, de un padre, o de la oportunidad de serlo de verdad. El viaje avanza en el mapa y retrocede en la memoria, y en esas charlas a bordo, entre un pueblo y otro, los dos se van desarmando. El cuerpo dice lo que la boca calla. La cámara lo muestra todo de frente y a plena luz, incomoda a propósito, y obliga a ver la delicadeza de un hombre rudo dentro de un gremio acostumbrado a tragársela.
Parte de la crítica ha mirado con desdén su mezcla de géneros, y esa mezcla es justamente uno de sus aciertos. El drama romántico vive en los moteles y en el asiento del copiloto; el thriller se asoma en el peladero y en las paradas obligadas, con el peligro siempre a un retrovisor de distancia; y la película de ruta los amarra a todos, como el chasis que carga el peso del remolque. Lo que engancha con hambre es la química entre los dos protagonistas, ese tira y afloje que lo tiene a uno agarrado de la manija, como pasajero en curva cerrada. Las imágenes son potentes, bien construidas y maduras, a la altura de una propuesta provocadora y sólida. Una grata sorpresa del cine mexicano reciente, que se sostiene de principio a fin.

